Aprender SIN miedos

Aprender SIN miedos

Por Lorena Ruiz

 

Si he de sincerarme en este espacio, será conmigo, con todo lo que represento y con lo que me identifico, y quizás usted que me lee, pueda también sentirse representada, aunque bienvenidas también todas las interpelaciones.

 

Crecí en medio de una familia tradicional: mamá, papá y hermanos (nos faltó el perro, aunque prefiero los gatos) donde la figura de autoridad era de mi madre; la ternura, el cuidado de mi ser, mi autoprotección, la sensibilidad y la bohemia se lo heredé a mi papá. El determinismo, el amor al estudio (especialmente la lectura), la pasión por la vida y otras tantas particularidades que poseo son responsabilidad de ambos; los errores, los muchísimos errores que tengo, ya son míos. Pero hay cosas que pareciera que están en la génesis, en la forma en que se va configurando tu vida, desde la niñez hasta la adultez. Existe una sensación tan inquietante y tan paralizante que puede ahogar la más mínima expresión de libertad, y reforzar la rutina, la costumbre, el anquilosamiento: el miedo (y lo escribo pequeño, diminuto, para no robustecer su fuerza, para desaparecerlo). 

En mi hogar hubo mucha felicidad, dos padres tradicionales (porque así los educaron en esta Antioquia conservadora) desvividos por sacar sus hijos adelante; que fueran profesionales; en lo posible ayudarnos a conseguir parte de nuestras cosas: carros, casas, etc; y con la responsabilidad mayor de no permitir que fuéramos presas de la violencia de la época, en un municipio como Bello, al norte de Medellín, que en los 80 fuera el domicilio de muchos asesinos. Tuvimos limitaciones como casi todas las familias de clase media, pero el poder administrador y ahorrador que tenía mi mamá, era admirable...¡Cómo hubiese querido aprenderle eso!. Pero fueron sus palabras, las largas conversaciones nocturnas, las lecturas en familia en la sala de la casa, las que hoy todavía retumban. Recuerdo por ejemplo a mi mamá llorar leyéndonos la novela lejos del nido de Juan José Botero (en la juventud entendí su dolor, pero también sus reacciones desesperadas cuando de adolescente me escapaba y demoraba en llegar; entendí que era tanto el amor, que su miedo más grande era perderme, como en el libro). A mi papá le conservo una de las más lindas metáforas. Tenía yo 6 años y mi hermano 5; afuera de un salón de billar que una tía administraba en todo el parque del municipio, coge 1 palito de paleta y nos dice “este se quiebra porque está solo, porque nadie lo acompaña”. Luego toma 4 palitos, los une y nos dice que cada uno representa a uno de nosotros, trata de quebrarlos y no lo consigue, y finaliza: “no se rompen porque están unidos, porque se acompañan, porque cuando hay unión es más difícil separar; así nos quiero yo, unidos como familia, como uno solo”. Ahí entendí, en ese momento, que siempre es primero la familia, esa en la que decidiste nacer. Y hasta el día de hoy, aunque todos ya tomamos caminos diferentes, conservamos ese lazo que nosotros quisimos que fuera indestructible, pero también comprendí que su miedo era estar solo, estar sin compañía, sin amor. Pero ya en mi adolescencia deduje algo más: mi padre, un hombre que en su niñez fue brutalmente maltratado por sus padres, humillado, torturado (porque a los niños hay que darles correa para que aprendan, solo que a él lo ahogaban en la poceta, le pegaban con alambres y a la edad de 12 años lo dejaban durmiendo en la calle porque se había demorado 30 minutos más) fue el padre más amoroso, amable, juguetón, respetuoso, un gran ejemplo, un hombre que nunca utilizó la fuerza ni la violencia para “enseñarnos”, pero sí las palabras como una herramienta de conciencia y perdón. Su miedo era que quizás algún día nosotros, sus hijos, evitáramos estar cerca de él, abrazarlo o llamarlo porque su amor fue tan grande, y lo es, que nunca ha sido capaz de dañar lo que ama. 

Y todos esos miedos, de ambos, miedo al dinero, a la violencia, a perder a la familia, a no tener amor, se les consumieron muchas partes de sus vidas, pero también nos las heredaron, no tiene nada de malo, es natural, somos producto de ellos, pero lo importante es que podemos aprender nosotros mismos, aprender de nuestra propia vida, a entenderla más allá de lo que nos dieron, y más importante, perder el miedo a desprenderse de esa historia familiar. Creo que por todo esto, no pude nunca decidir todo sobre mí, no me lo permitían, no los culpo, eso fue lo que aprendieron de sus padres, o en el caso de mi papá de sus tías porque a la edad de 14 años decidió abandonarlos. Pero hoy ellos también han sido forjadores de sus vidas; a sus edades, han dado pasos transformadores y reveladores. Ya no somos una familia “tradicional”, somos una familia diferente: mi papá tiene a su lado a una compañera hermosa y a la que todos amamos y respetamos, incluso mi mamá que solo lo tuvo a él en su vida, pero que se convirtió en una gran amiga de ambos. Mi padre está aprendiendo a perdonarse, está entendiendo que todo el amor que nos dio, puede derrumbar los errores cometidos y sus consecuencias por dolorosas que hayan sido. Mi mamá decidió que la soledad es mejor que una vida de complicaciones, porque lo único importante es ser feliz con lo que se tiene y también con lo que se ha perdido.

Y todo su proceso también me ha sido heredado, ha sido parte de mi andar, uno del que soy totalmente responsable y por el que asumo uno a uno los aciertos y tropiezos, porque finalmente todas las decisiones que he tomado me tienen en este punto de la vida. Yo decidí por ejemplo, estudiar una carrera “que no da plata” y que nunca le gustó a mi mamá, pero con todo el respeto me la obsequió; decidí que la felicidad está tanto en mi ciudad y en el país, como en los destinos fuera de ellos, y que mi arraigo no está en la ostentosidad o en la acumulación de lo material, está en la simplicidad de las cosas y mientras más liviano camines, más rápido encuentras tu fortaleza. Y sinceramente envidio a las generaciones actuales porque no pasan por estos dilemas, ellos tienen incorporada la libertad, el desapego y la maravillosa capacidad de desnudar el alma y dejarse llevar por lo que creen.

Y acá voy, tratando hoy aún de entender, observándome, mediando entre la dicotomía de mi ego y mi sencillez; abandonando muchos miedos, rompiendo con una parte de la tradición para no trasladarla a mi hijo, un ser que a sus 10 años ya tiene ímpetu, es contestario, un ser que decide lo que quiere y habla sin miedo, algo que en mi generación era sinónimo de grosería porque los niños carecíamos de derechos (y esa noción de derecho, aún está latente en muchos, en la mayoría). 

Acá voy desaprendiendo y aprendiendo, enmendándome conmigo misma y guiándolo para que construya su propia vida.

 

 

Comentarios

AndreJuli Mié, 08/22/2018 - 20:15

Que hermosura de escrito. Muchas gracias!
legalvish@hotma... Mar, 12/04/2018 - 10:18

Lorena Ruiz, hermosa tu historia, gracias por compartirla.