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Café tango - Fanny Restrepo

Café tango - Fanny Restrepo

Fanny Restrepo

 

Un tal Gregorio, a secas, salió esa noche a bailar. Entró al Café Tango cuando ya el humo en los salones difuminaba los rostros, las bocas, los contornos, y el bandoneón hacía difusas las voces susurrantes.

 

Se acercó a la barra, encendió con parsimonia un cigarrillo y pidió un ron. Miró a su alrededor. Las luces escasas e indirectas entibiaban el ambiente ya caldeado de por sí. Cesó la música del bandoneón y se oyó un clásico. Las parejas enlazadas en la pista dibujaban arabescos en el suelo al ritmo de la música llorona. En las mesas, grupos o parejas acercaban sus cabezas y las retiraban luego, reían, levantaban sus copas completando así el ritual de su felicidad.

 

En lo que se tarda en beber dos rones sin afán, la vio entrar en compañía de alguna amiga que se quedó en la sombra, a medida que ella se hacía más nítida y rotunda para él. Los demás dejaron de existir y se convirtieron en el decorado sobre el que ella se destacaba. Su cabello le recordó el color claro de la miel a contraluz; le caía suave en los hombros. Sus labios mostraban una sonrisa inventada para Gregorio en particular.

 

La invitó y encontraron una mesa. Pidieron café, y pronto estaban hablando, hablando, hablando con fluidez... Un halo apenas perceptible de jazmines la envolvía. Con torpeza, Gregorio volteó la taza, y, sin poder evitarlo, vertió el café en el traje blanco de su acompañante. El incidente no pareció dañar el tono cordial del encuentro, como si la simpatía que brotó espontánea tendiera puentes.

 

Ella era cálida y de conversación fácil, aunque no particularmente extrovertida. Reía con una risa que le subía a los ojos y se los iluminaba. Gregorio quiso tocar con sus labios los de la mujer, pero sintió miedo de decírselo. Quizá pensaría que él era atrevido. Quizá ya pensaba que lo era.

 

Se sorprendieron al encontrarse enlazados siguiendo la música que sentían creada para ellos. Para esos instantes en los que no falta nada, y lo que había a su alrededor —música, bailarines, luces, decorados— existía para enmarcar su momento perfecto.

 

Era la época aquella en que las despedidas eran castas. Gregorio la acompañó a su casa, y quedaron en verse de nuevo en el café, en dos días.

 

La hora de la cita pasó sin que Lucinda se presentara en el lugar acordado. Impaciente por volver a verla a la vez que sorprendido por su ausencia, Gregorio caminó hacia la verja de hierro, oyó el quejido del portón al abrirlo y tocó la puerta. La mujer que lo recibió, aunque mayor, tenía un parecido innegable con la joven. Se sorprendió cuando Gregorio preguntó por Lucinda, y lo invitó a entrar.

 

Pensó que las cosas iban por buen camino y que la joven habría tenido algún inconveniente que iba a resolverse. Aún era temprano y podrían salir a bailar, se dijo. O tal vez hubo un malentendido y Lucinda salió. Todo podría explicarse.

 

La madre quiso saber cómo se conocieron, pero pareció no creerle cuando le dijo que habían estado bailando hacía un par de noches. Lo acompañó a la alcoba que había sido de Lucinda. Él reconoció su sonrisa en las fotos y vio otros objetos; entre ellos, el traje claro que llevaba aquella noche y que aún mostraba la tenaz mancha de café.

 

  En la habitación se percibía una fragancia de jazmines.