El derecho a ser escuchadas

El derecho a ser escuchadas

Por: Maria Camila Hernandez Bohorquez

Hace cuatro años me acercaba a una Registraduría Municipal para inscribirme como candidata al concejo, mi aspiración a esta corporación parecía impactar por dos simples razones: tenía 19 años y soy mujer.

Más allá de las posibilidades de acceder a una curul, decidí que mi primera experiencia política se convertiría en un experimento de observación colectiva y propia.

Como es común, las contiendas en los municipios se concentran en reuniones barriales y encuentros entre coaliciones. Allí nacieron las primeras impresiones. Para empezar, parecía reconocer a la mayoría de los personajes destacados, esto porque, aunque no nos detuviéramos a cuestionarlo, el debate político se concentraba en personajes reencauchados, al igual que su discurso.

En segundo lugar, al mirar a mi alrededor durante los espacios de debate me costaba encontrar mujeres cerca, esta pregunta también generó descubrimientos que probablemente no son motivo de asombro para quien lea este artículo: en su afán por consolidar las listas de los partidos y darle cumplimiento a la ley de cuotas, los líderes políticos buscaban mujeres dispuestas a registrar sus nombres aun si no contaban con aspiraciones reales.

¿Pero acaso no había mujeres interesadas en participar en política?

Por supuesto, las había, hay y habrán.

Las mujeres somos sujetos políticos, conscientes de la necesidad de participar activamente en la toma de decisiones y la formulación de modelos de desarrollo justos, equitativos, sostenibles y que abran camino a la vida digna.

Aunque el reconocimiento como ciudadanas, sujetos de derecho, voz y voto haya sido un acontecimiento tardío, con ellos no nacieron las capacidades de razonar, liderar y llevar las convicciones a hechos, siempre han palpitado, aun cuando debían latir tras la sombra, el nombre o incluso autoridad de hermanos, padres y conyugues.

Nuestra transformación cultural no consiste en la elección de mujeres por el hecho de ser mujeres ni la lucha política desde y solo por los derechos de las mujeres, sino en el reconocimiento del relacionamiento y el acceso equitativo a las oportunidades como un proceso de evolución, una preocupación colectiva y un puente hacia una vida mejor.

Debo resaltar la entereza de aquellas mujeres que asumen con convicción el desafío de participar en política. En un sistema político donde el pensamiento alternativo y la diferencia son pintados como vulnerables blancos de la maquinaria y polarización.

De manera que la invitación es un ejercicio simple, pero sin duda una acción poderosa:  desarmarnos de predisposiciones ante el origen de los discursos, el color o corriente ideológica que representan y el género de quien los enuncia.

El país afronta el desafío de reformar el tejido social, abordar desde el dialogo político las diferencias que han dado origen al conflicto armado y construir paz; este horizonte es más posible en tanto demos paso a los liderazgos tanto de hombres como mujeres no solo en el escenario político sino social, cultural y económico.

Seremos más en tanto dejemos de cerrar las puertas y nos permitamos el derecho a ser escuchadas.