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El señor policromo - Laura Valentina Cardona Correa

El señor policromo - Laura Valentina Cardona Correa

Comenzaba a amanecer cuando un pequeño grito daba indicio de vida; nació el blanco, todo a su alrededor era opaco, sin vida, sin alma. El bebé blanco era un ser puro, inocente y lleno de ternura, su corazón se convirtió en la luz que brota deslumbrante tras la colina.

Cada mañana el bebé iluminaba el cielo con sus pequeños rayos de luz, los gallos cacareaban sin cesar anunciando un nuevo día en el Monte Malebilú. Él era una pequeña criatura que reflejaba vitalidad, todo a su alrededor era armónico, cada oveja en su establo, cada pastor junto a ellas, todo compaginaba completamente mientras él crecía. “Que la paz permanezca eternamente en el campo”, comentaban los del pueblo, mientras el bebé blanco reía sin parar.

A la vez que jugueteaba en la pradera crecía naturalmente junto al rebaño; rápidamente su corazón dejó de ser puro y blanco, la esperanza se adueñó de él. Los prados sin vida comenzaban a teñirse de matices, sus ojos reflejaban el verde oscuro de las montañas y sus pecas eran manchas cafés sobre esta tierra. ”Que las semillas sigan germinando eternamente en el campo”, decían los del pueblo mientras el niño verde jugaba entre los árboles. 

Cuando el tiempo pasa sin que te des cuenta, todo a tu alrededor cambia sin que lo desees, cuando la consciencia comienza a consolidarse el misterio y deseo de conocer se apoderan de ti. Ahora, ese ser puro y vital renace desde la cima donde emana el arroyo y quiere correr libre, sin retención, sin límite alguno. El adolescente azul con rasgos morados, recorría hasta los confines de la tierra mientras cabalgaba con rebeldía. Se sentía maduro, autosuficiente, pero aún no dejaba atrás aquellos recuerdos que soplaba el viento en las tardes. “Que la vida siga creciendo eternamente en el campo”, mencionaban los del pueblo mientras el adolescente azul nadaba en el lago.

Una mezcla de emociones rodeaba su alma, azul, morado, naranja. Mientras se siente joven, es rebelde, mientras sube a los pinos, tiene miedo a caer, mientras duda de quién es, trata de definirse; el adolescente azul miraba con displicencia todo a su alrededor, le parecía pequeño el mundo, y sus ideas se agrandaban conforme crecía su espíritu. El pueblo disfrutaba todos los días del atardecer que el rostro del adolescente coloreaba en el firmamento.

Caminaba entre casa y casa sin rumbo fijo, espiaba por los marcos de las ventanas y saltaba de par en par cada roca. Pronto, el deseo de vivir intensamente regocijó su corazón juvenil, y la pasión acarició cada parte de su cuerpo ya esbelto. El joven rojo amaba vivir, sus sueños eran ahora su mayor inspiración y aquella pradera donde jugueteaba quedó atrás. “Que el amor una eternamente todo el campo”, deseaban todos los del pueblo mientras el joven rojo danzaba sin cesar.

Te das cuenta que tu vida es más que corretear las vacas cuando tu horizonte traspasa las montañas, cuando más allá de los recuerdos existe una motivación capaz de hacerte volar, ahí, no eres puro, no eres natural, no eres rebelde o pasional, eres adulto. El señor Policromo se paseaba por todo el pueblo sonriendo, su felicidad contagiaba a todo aquel que lo mirara. “Señor Policromo, qué bien se ve usted hoy” le decían.

Pero los adultos de Monte Malebilú no son como el señor Policromo, están cubiertos por una gruesa capa de nostalgia, su corazón melancólico los arropa cada noche. Él irradiaba tranquilidad, vitalidad, amor y libertad, y el pueblo se nutría de él.

Cuando vives atado a recuerdos la monotonía te invade, y no te permite disfrutar de las simplezas de la vida, de las curiosidades o de las diferencias. La monotonía opaca todo a tu alrededor y hasta la más bella flor pierde su color.

El señor Policromo después de conocer toda la tierra de Malebilú y de descubrir cada rincón se tornó en una gama de grises, decía que cuando abres los ojos y tu corazón conoce la verdad, la vida pierde algo de color.

-¿Qué pasa señor Policromo?- Preguntaba alguien del pueblo.

-Cuando yo nací, el pueblo nació también. Cuando yo reí, el pueblo rió conmigo. Cuando yo jugué, el pueblo jugó conmigo. Cuando yo dancé, el pueblo danzó conmigo. Y ahora, que soy un adulto como ustedes, hombres sin alma, hombres negros, la monotonía se apoderó de mí. Permitieron que la nostalgia me cubriese y me abrazase.

La vida cromática junto al vuelo fugaz trae el júbilo de la juventud y la sabiduría de la vejez. Tras pasar los días, el señor Policromo escalaba tonos de grises cada vez más oscuros y el pueblo volvió a envejecer, los prados perdieron sus matices, los lagos su libertad, los atardeceres sus colores, el pueblo nunca entendió que cada alma tiene su color.

El señor Policromo, se despojó de sus pigmentos para adentrarse en el bosque viejo, y allí se quedó. Ni la paz, ni los campos, ni los arroyos, ni los árboles, ni las montañas, pudieron contener una vida llena de color, un pueblo ahogó las entrañas de un señor multicolor.