Pregúntese: ¿qué de mí descuido?

Pregúntese: ¿qué de mí descuido?

Por Natalia Velásquez Osorio

 

Reconocer la importancia del cuidado como una herramienta para avanzar en la equidad de género, me ha implicado varias reflexiones que van desde asuntos íntimos y personales, pasando por mi relación con las y los demás, hasta identificar los medios para comunicar mis deliberaciones y métodos al respecto para darlos a conocer.

 

Y digo que es para avanzar en la equidad de género, porque las mujeres que han emprendido luchas propias y sociales en pro de sus derechos, fue porque sin lugar a duda, en algún momento de la existencia, evidenciaron que algunos asuntos iban en contra de su integridad y desde ahí comenzaron a trabajar por un cambio, una conquista, hasta lograrlo. Además, el cuidado como base de la vida, del agenciamiento propio, es insumo primordial para propósitos que tienen que ver con la prevención de violencias de género, la autonomía económica, la participación social y política, por mencionar algunos, pero finalmente todos relacionados con la construcción de un futuro saludable, de bienestar, de una relación profunda e indestructible con nosotras mismas que es lo que finalmente nos lleva a vivir plena, trascendental y también profanamente esta vida. 

A lo largo de la historia las mujeres hemos sido seres de cuidado por naturaleza, desde las prácticas domésticas, la atención a los hijos y el posponer el cuidado propio por dar respuesta a imposiciones sociales, a padecer de relegos en los ámbitos académicos, científicos y laborales, a participar menos en las esferas empresariales y políticas, en fin, situaciones en la mayoría de los casos, asimiladas de manera habitual como parte de la construcción social en la que estamos inmersas, las cuales, después de aproximarme al conocimiento de la equidad de género, me pesan, me incomodan y desde allí me han incitado a revisarme, comprenderme y lo más desafiante, a tratar de encontrar desde el cuidado el coraje necesario para transformarlas desde las maneras como transcurre mi vida y además a llenarme de impulso para transmitirlo de varias maneras a las mujeres que por el trabajo o por asuntos de la vida, me voy encontrando. 

Esto implica que los retos sean muchos, pero deseo que comencemos por comprender que no es solo un rasgo de género, específico del ámbito femenino, es un rasgo de humanidad, específico del ser humano. Porque ¡reconozcámoslo! a las mujeres nos cuesta enormemente darnos el lugar en torno a nuestro cuidado, y si nosotras no lo reconocemos, pues los hombres es su proceso y con la carga histórica que ha establecido su manera de ser y aparecer en el mundo menos, debemos reconfigurar nuestra relación con el cuidado, uno que permita privilegiar acciones diarias por bienestar de nosotras en todas las dimensiones posibles, incluyendo nuestros pensamientos, emociones, cuerpo y espíritu.

Y cuando hablo de estas dimensiones, abordadas ya lo suficiente por quienes reflexionan en estas lides, lo que me propuse y les propongo es que pasemos de lo discursivo, a lo un poco incómodo, a preguntarnos, cuestionarnos y tratar de identificar qué de lo que somos está en descuido, por ahí hay que empezar. 

Yo por ejemplo, tuve que preguntarme y seguirme preguntando, sin descanso por varias cosas, muchas veces: ¿Qué pienso de mí? ¿Cuánto creo que valgo? ¿Me acepto? ¿Soy capaz de poner límites a lo o a quien me incomoda? ¿Cuánto me importa lo que las y los demás piensen de mí? ¿Por qué o por quién cedo en mis deseos? ¿Esto es lo que me hace feliz? Recuerdo el proceso… Cuántas lágrimas, temores y desganos encontré (porque es una tarea no terminada), eso sí, todos necesarios para ir resolviendo, encontrándome, reconstruyendo propósitos, elevando el alma, limpiando la mente, borrando la culpa, ganando autonomía, renunciando a cargas.

Para cuidar, mis queridas mujeres y amigas, les reitero que la extensión del cuidado comienza por una arraigada determinación de reconocernos en una fuerte relación amorosa con nosotras mismas y desde allí pensar en las y los demás, porque no tenemos como dar de lo que nos falta, olvídense, no es automático, no es espontáneo. 

Comencemos entonces, con un acto de humildad, pero también de rebeldía, de autocompasión pero también de justicia, a cuidarnos, a no dejarnos para después y así, jamás nos sentiremos desprovistas en este desafiante y vibrante trasegar.